Hijas de la arena, Ana Escalera

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 Decir fotografía es decir “magia”. Mi mayor alegría de pequeña era cuando mi padre, fotógrafo profesional, me permitía estar con él en el cuarto oscuro del laboratorio y me mostraba cómo aparecían lentamente en un papel blanco los rostros de las personas que había fotografiado en el estudio. Poco a poco a su lado aprendí todo el proceso químico de las emulsiones, el manejo de los diferentes tipos de cámaras y ampliadoras, el minucioso trabajo del retoque para conseguir esas imágenes que se convertían en la memoria histórica de cada familia.
Mi juguete favorito fue una vieja cámara de mi padre, con la que realicé mis primeras fotos en blanco y negro. Desde entonces el apasionante mundo de la fotografía me cautivó y no lo abandoné jamás.
La cámara no se separa de mi vida y sigue siendo mi fiel compañera en mis viajes para conocer otros mundos, otras culturas, otras personas y otros rostros donde también el dolor, el sufrimiento, la alegría y el amor han dejado sus huellas.

Portafolio

“Hijas de la arena”, un grito mudo en el desierto

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